CAPITULO 1 EL FUNDAMENTO

      

Introducción a la Fe

  1. ¿Qué es la fe?

La fe es una convicción profunda que gobierna la vida interior del ser humano. No es simplemente una idea, sino una certeza que influye en los pensamientos, las emociones y las decisiones. Cuando una persona cree firmemente en algo, esa creencia termina moldeando su conducta y su manera de vivir.

La Biblia define la fe de manera clara:

“La fe demuestra la realidad de lo que esperamos; es la evidencia de las cosas que no podemos ver.”

— Hebreos 11:1 (NTV)

Esto significa que la fe opera más allá de lo visible. Aunque no se perciba con los sentidos naturales, la fe considera como real aquello que Dios ha prometido. Por eso la fe no es imaginación ni optimismo humano, sino una certeza espiritual basada en la Palabra de Dios.

La fe puede producir bien o mal dependiendo de su enfoque. Cuando está centrada en Dios y en su verdad, produce vida, esperanza y crecimiento espiritual. Pero cuando se fundamenta en temor, incredulidad o mentiras, puede generar ansiedad, derrota y decisiones equivocadas.


  1. La fe se conecta con el mundo espiritual

La fe es el medio por el cual el creyente se relaciona con la dimensión espiritual. A través de ella se reciben las promesas de Dios y se experimenta su intervención en la vida diaria.

La Escritura enseña que lo visible proviene de lo invisible:

“Por la fe entendemos que todo el universo fue formado por orden de Dios, de modo que lo que ahora vemos no vino de cosas visibles.”

— Hebreos 11:3 (NTV)

Esto revela que la fe permite comprender que existe una realidad espiritual que antecede a lo material. Lo que se cree en el corazón influye en lo que posteriormente se manifiesta en la vida. Por eso las convicciones internas terminan reflejándose en acciones, actitudes y resultados.


  1. La fe nace por oír la Palabra

La fe no surge espontáneamente; tiene una fuente específica. La Biblia declara que la fe nace al escuchar el mensaje de Dios:

“Así que la fe viene por oír, es decir, por oír la Buena Noticia acerca de Cristo.”

— Romanos 10:17 (NTV)

Cuando una persona escucha la Palabra, esta entra al entendimiento, la mente, luego desciende al corazón y finalmente produce convicciones firmes. Estas convicciones moldean el carácter, la personalidad y la forma de reaccionar ante la vida.

Por eso, lo que se escucha constantemente termina determinando la fe. Si se alimenta la mente con verdad, se desarrolla fe saludable; si se alimenta con mentiras, temor o negatividad, se produce una fe distorsionada.


  1. La fe forma el carácter

Lo que una persona cree se convierte en la base de su conducta. La fe no solo afecta lo espiritual, sino también la manera de pensar, sentir y actuar.

La Biblia enseña que el corazón es el centro de la vida:

“Sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque este determina el rumbo de tu vida.”

— Proverbios 4:23 (NTV)

Cuando la fe se establece en el corazón, comienza a influir en las decisiones, relaciones y hábitos. De esta manera, la fe construye el carácter y define la dirección de la vida.


  1. La fe crea y produce resultados

Dios es el ejemplo supremo del poder creativo. Él creó el universo mediante su palabra. La fe fue el medio por el cual lo invisible se convirtió en visible.

“Entonces Dios dijo: ‘Que haya luz’, y hubo luz.”

— Génesis 1:3 (NTV)

Dios habló con autoridad y lo que dijo se materializó. Como seres creados a imagen y semejanza de Dios, los creyentes reciben una capacidad espiritual: creer en sus promesas y actuar conforme a ellas.

Sin embargo, es importante entender que el creyente no crea como Dios crea. Dios crea de la nada; el ser humano cree, luego crea y recibe lo que Dios ya le ha prometido. La fe no sustituye a Dios, sino que confía en su poder.

Jesús enseñó que la fe produce resultados concretos:

“Les digo la verdad, ustedes pueden decir a esta montaña: ‘Levántate y échate en el mar’, y sucederá. Pero deben creer que ocurrirá y no tener ninguna duda en el corazón.”

— Marcos 11:23 (NTV)

Esto muestra que la fe genuina implica convicción sin vacilación.


  1. La fe y la confesión

La fe interna se expresa mediante palabras. Lo que se cree en el corazón se declara con la boca. Esta relación entre fe y confesión es fundamental.

La Escritura dice:

“Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo.”

— Romanos 10:9 (NTV)

Y continúa:

“Pues es por creer en tu corazón que eres declarado justo a los ojos de Dios y es por confesarlo con tu boca que eres salvo.”

— Romanos 10:10 (NTV)

Esto demuestra que la fe y la confesión trabajan juntas. La fe produce convicción y la confesión expresa esa convicción.


  1. El poder de las palabras

Las palabras no son neutras. Lo que se declara con convicción influye en la vida propia y en el entorno. Por eso la Biblia advierte acerca del uso de la lengua:

“La lengua puede traer vida o muerte; los que hablan mucho cosecharán las consecuencias.”

— Proverbios 18:21 (NTV)

Cuando las palabras están llenas de fe y verdad, edifican. Cuando están cargadas de temor o negatividad, destruyen. Por eso el creyente debe aprender a hablar conforme a la Palabra de Dios.

También Jesús enseñó:

“Lo que está en el corazón determina lo que uno dice.”

— Mateo 12:34 (NTV)

Las palabras son el reflejo de la fe interior.


  1. La fe genuina

La fe auténtica cree plenamente en Dios sin objeciones. No depende de circunstancias visibles, sino de la fidelidad divina.

“Y es imposible agradar a Dios sin fe. Todo el que desee acercarse a Dios debe creer que él existe y que recompensa a los que lo buscan con sinceridad.”

— Hebreos 11:6 (NTV)

La fe genuina:

  • Confía en Dios
  • Descansa en sus promesas
  • Habla conforme a su Palabra
  • Persevera aun en dificultad
  • Produce obediencia

Aplicaciones prácticas

  1. Alimentar la fe escuchando la Palabra de Dios.
  2. Guardar el corazón para que la fe sea saludable.
  3. Hablar palabras alineadas con la verdad bíblica.
  4. Evitar declaraciones negativas cargadas de incredulidad.
  5. Creer con convicción sin depender de lo visible.
  6. Confesar a Jesucristo como Señor.

Conclusión

La fe es el fundamento de la vida espiritual. Nace al oír la Palabra, se establece en el corazón, forma el carácter y se expresa mediante la confesión. Cuando está centrada en Dios, produce vida, transformación y salvación.

“Por lo tanto, ya que fuimos hechos justos a los ojos de Dios por medio de la fe, tenemos paz con Dios gracias a lo que Jesucristo nuestro Señor hizo por nosotros.”

— Romanos 5:1 (NTV)

La fe no es solo creer, sino vivir conforme a lo que Dios ha dicho.

FUERZAS CONTRARIAS A LA FE

Nuestra fe tiene el poder de crear el entorno en el que vivimos. Lo que creemos influye en lo que experimentamos. Sin embargo, no estamos solos en el universo; también nos afectan las energías, pensamientos y creencias de otras personas.

Entonces surge una pregunta: ¿cómo podemos mantenernos firmes cuando otras creencias nos rodean o intentan influirnos?

La respuesta está en algo que Dios nos dio: la capacidad de gobernarnos a nosotros mismos, de tener dominio propio. Este dominio es la fuerza interior que nos permite decidir en qué creer, cómo actuar y hacia dónde dirigir nuestra vida.

La fe de Cristo es el ejemplo más alto de ese poder. Es una fe que no solo resiste, sino que reina por encima de todas las demás, porque proviene directamente de la verdad divina. Por eso, Jesús enseñó a orar diciendo:

“Venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.”

Esa frase significa que el Reino de Dios —su gobierno espiritual— puede manifestarse aquí en la tierra cuando nuestra fe está alineada con la suya.

El dominio propio nos da la fuerza para mantenernos firmes en lo que creemos, incluso cuando enfrentamos dudas o presiones externas. Pero para que nuestra fe produzca buenos frutos, debemos asegurarnos de creer en lo verdadero. Si creemos en algo equivocado, podríamos causarnos sufrimiento a nosotros mismos y también a los que amamos.

Cuando ejercemos dominio propio desde la fe de Cristo, somos capaces de vencer ataques espirituales, de orar por los enfermos y ver milagros, incluso cuando ellos mismos dudan o han perdido la esperanza.

Esa misma fe también nos capacita para impactar y transformar una sociedad incrédula, porque su poder no depende de la fe de los demás, sino de la verdad que habita en Cristo.

La fe de Cristo siempre será superior y más fuerte que cualquier creencia contraria o errada, porque está basada en la Luz, la Verdad y el Amor del Creador.

La fe no es solo una creencia mental, sino una frecuencia de conexión espiritual entre el alma y la Luz del Creador. Es la energía que nos mantiene enlazados, incluso cuando los sentidos muestran oscuridad.

El Dominio Propio o Dominio de sí mismo es la base que transmite la Luz y esta unida a una segunda fuerza, que es la fuerza del autocontrol. Es la capacidad del alma de alinear su voluntad con la Voluntad Divina. En términos bíblicos, significa elevar el deseo del “Yo inferior”  hacia el “Yo superior”. Esta alineación permite que la persona sea un canal limpio por el cual fluye la fe pura de Cristo.

Cuando decimos “Venga a nosotros tu Reino”, invocamos la restauración al reino material. Por eso, cuando la fe del alma está en armonía con el Creador, el Reino Celestial se manifiesta en la Tierra.

La fe de Cristo “reina sobre las demás creencias”. Esto significa que la conciencia de Dios gobierna sobre las creencias parciales o distorsionadas que dominan este mundo.

Cristo, representa la Belleza, que unifica el amor y el juicio. Esta Luz es capaz de reinar sobre las energías de la mente, el razonamiento humanola emoción y el deseo, que muchas veces se oponen entre sí.

Así, “la fe de Cristo” significa la conciencia equilibrada que no se deja vencer por la confusión mental ni por los impulsos del ego. Es la fe que domina sobre toda fe contraria porque proviene directamente del Árbol de la Vida, no del conocimiento dual del bien y del mal.

Los “ataques gnósticos o incredulidad”, alude a las fuerzas que provienen de la tierra, donde el pecado actúa con mayor intensidad. Estas fuerzas intentan bloquear el flujo entre el canal espiritual y la manifestación terrenal.

La fe pura, alineada con Cristo, restablece esa conexión y permite la sanación, liberación o transformación incluso de quienes están desconectados. La energía mesiánica de Cristo restituye la unión entre el cielo y la tierra, entre la fe y la materia.

Las “fuerzas contrarias a la fe” son las cascaras mentales, emocionales y espirituales que intentan quebrar la conexión del alma con la Luz del Creador.
El Dominio Propio es la manifestación purificada, el poder de regir el propio mundo interior.
Y la Fe de Cristo es la conciencia superior que restaura el equilibrio, haciendo descender la Luz del Reino Celestial al Reino Terrenal.

Quien alcanza este nivel no solo cree: se convierte en un trono para la Luz, un canal a través del cual el Reino de los Cielos se manifiesta “en la tierra como en el cielo”.

La verdadera fe en Jesucristo nos da autoridad espiritual y fortaleza interior. La fe actúa como un escudo que protege nuestra vida, mientras que el dominio propio nos permite gobernar nuestros pensamientos, emociones y decisiones.

Cuando la fe está firme:

  • Nos protege de influencias negativas espirituales, mentales y emocionales.

  • Nos da control sobre nuestra vida y evita que otros invadan nuestro interior.

  • Nos permite vencer el temor, las mentiras y las creencias equivocadas.

  • Nos capacita para llevar vida, libertad y esperanza a otros.

Dios nos llama a ser luz, ayudando a las personas a salir del error y guiándolas hacia la vida abundante, mediante el poder transformador de la fe y el dominio propio.

La fe es una fuerza espiritual poderosa. Puede ser usada para bien o para mal, pero la fe verdadera, puesta en Jesucristo, es superior a cualquier otra y tiene el poder de dar salvación, protección y vida eterna (Hebreos 10:38-39).

La fe errada o contraria nace del odio, el temor o las creencias falsas, y puede traer destrucción, división y esclavitud espiritual. El enemigo la usa para atacar, engañar y debilitar a las personas. Sin embargo, la fe en Cristo actúa como un escudo que repele todo ataque y rompe toda atadura.

Cuando un creyente fortalece su fe y renueva su mente con la verdad de Dios:

  • Permanece firme y protegido espiritualmente.

  • Rechaza las mentiras y creencias equivocadas.

  • Vive en libertad, paz y seguridad.

  • Puede ayudar a otros a salir del error y encontrar vida en Dios.

Dios nos llama a confiar plenamente en Él, permitiendo que Su voluntad actúe en nuestras vidas. La fe verdadera no destruye, sino que salva, libera y guía hacia la vida abundante que Dios ha preparado.

Toda persona tiene fe, porque todos creen en algo, sea verdadero o no. La fe verdadera conduce a la vida, mientras que las creencias erradas alejan de la plenitud espiritual. Dios desea restaurar al ser humano por medio de la fe en Cristo, para que viva conforme a Su propósito.

Nuestra vida está determinada por lo que creemos. Cuando creemos correctamente, experimentamos transformación, libertad y vida espiritual plena.

La fe no aparece de un momento a otro; crece como una semilla y se fortalece con una vida diaria de confianza en Dios. No todo lo que decimos se cumple, porque la fe verdadera nace cuando el corazón, la mente y lo que decimos están alineados. Y aunque estuvieran alineados, tendríamos que rendirnos al tiempo de la voluntad divina. Por eso, tanto la duda como la incredulidad bloquean el cumplimiento de las promesas, porque al no soltar el control, intentamos forzar con nuestras propias fuerzas el cumplimiento de aquello que hemos pedido a Dios, en lugar de confiar plenamente en Su tiempo y en Su voluntad. Mientras que la fe genuina produce paz, seguridad y confianza.

La fe en Jesucristo nos da tranquilidad aun en medio de las dificultades. La preocupación constante revela una fe aun en formación, pero la humildad y el reconocimiento de nuestra necesidad de Dios permiten que nuestra fe crezca y sea restaurada.

La fe también influye en nuestro entorno. Una persona que vive en fe puede bendecir a otros a través de su oración, su ejemplo y su vida espiritual. Por eso es importante rodearse de personas que fortalezcan nuestra fe y crecimiento.

Asimismo, debemos cuidar nuestro corazón, nuestras relaciones y nuestras decisiones, permitiendo que Dios gobierne nuestra vida. La fe verdadera no solo cree, sino que actúa, busca, persevera y obedece.


Conclusión

La fe debe fortalecerse continuamente mediante la búsqueda de Dios y la práctica diaria. No es solo creer, sino vivir conforme a esa creencia.

La fe verdadera:

  • Confía en Dios aun sin ver resultados inmediatos.

  • Produce paz y seguridad interior.

  • Crece con el tiempo y la obediencia.

  • Transforma la vida y el entorno.

Dios desea eliminar la fe errada y llevarnos a una fe viva, firme y transformadora, que nos permita vivir en libertad, propósito y plenitud.

LA TRINIDAD Y LA SALVACIÓN

¿Qué es la Trinidad?

La palabra Trinidad significa:

  • Tri = tres
  • Unidad = uno

Es decir: Tres en completa unidad

Dios es:

  • El Padre
  • El Hijo (Jesús)
  • El Espíritu Santo

Pero no son tres dioses.

Son un solo Dios verdadero.

 

Cómo pueden ser tres y uno al mismo tiempo

Cada uno es distinto, pero no están separados.

  • El Padre no es el Hijo
  • El Hijo no es el Espíritu Santo
  • El Espíritu Santo no es el Padre

Pero los tres son el mismo Dios.

Ejemplo sencillo:

Como una familia es una, pero está formada por varias personas.

La diferencia es que en Dios no hay división.

Ellos tienen:

  • el mismo pensamiento
  • el mismo propósito
  • la misma esencia

Jesús lo explicó en Juan 17:21

«Así como tú, Padre, estás en mí y yo en ti.

 

Dios es uno, pero en unidad perfecta

En la Biblia, cuando habla de que Dios es uno, usa una palabra que significa unidad compuesta, no uno solitario.

Es como:

1 × 1 × 1 = 1

El Padre es Dios

El Hijo es Dios

El Espíritu Santo es Dios

Pero juntos son un solo Dios.

 

Desde el principio vemos la Trinidad

En Génesis 1:26 Dios dijo:

«Hagamos al hombre a nuestra imagen»

No dijo «haré», dijo «hagamos».

Ahí vemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo trabajando juntos.

 

¿Por qué Dios creó al ser humano?

Dios quiso tener hijos que fueran semejantes a Él.

Nos creó a Su imagen y semejanza.

Esto significa que fuimos creados para:

  • tener relación con Dios
  • reflejar Su carácter
  • vivir en comunión con Él

Al principio, el ser humano vivía en perfecta relación con Dios.

No había muerte

No había pecado

No había separación

 

Qué pasó cuando el hombre pecó

El ser humano desobedeció a Dios.

Como resultado:

  • entró el pecado
  • entró la muerte
  • el hombre se separó de Dios

El ser humano perdió:

  • su comunión con Dios
  • su autoridad espiritual
  • su herencia divina

Se convirtió en esclavo del pecado.

 

La promesa de Dios: enviar un Salvador

Dios, por amor, prometió enviar a alguien para salvar al ser humano.

Ese Salvador sería:

  • sin pecado
  • con la vida de Dios
  • capaz de vencer la muerte

Ese Salvador es Jesús.

 

¿Por qué Jesús tuvo que morir?

Porque el pecado produce muerte.

Jesús vino a:

  • pagar el precio del pecado
  • restaurar nuestra relación con Dios
  • devolvernos la vida espiritual

Jesús tomó nuestro lugar.

Murió por nosotros, pero resucitó.

Jesús venció:

  • el pecado
  • la muerte
  • y el poder del enemigo
  • Qué ocurrió gracias a Jesús

Gracias a Jesús:

  • ya no estamos separados de Dios
  • ahora podemos ser hijos de Dios
  • tenemos vida espiritual
  • tenemos acceso a la presencia de Dios

Jesús restauró lo que se había perdido.

Ahora tenemos:

  • identidad
  • propósito
  • salvación
 
  • El Espíritu Santo: Dios viviendo en nosotros

Jesús envió al Espíritu Santo para:

  • guiarnos
  • enseñarnos
  • fortalecernos
  • ayudarnos a vivir como hijos de Dios

El Espíritu Santo es Dios viviendo dentro del creyente.

 

Qué significa que Jesús es nuestro Salvador

Jesús nos salvó de:

  • la muerte espiritual
  • el pecado
  • la separación de Dios

Y nos dio:

  • vida eterna
  • identidad como hijos
  • acceso a Dios
  • Verdad clave del discipulado

Dios es uno, pero existe en tres personas:

Padre

Hijo

Espíritu Santo

Trabajan juntos en perfecta unidad.

El Padre nos creó

El Hijo nos salvó

El Espíritu Santo nos guía

Todo esto por amor.

 

Conclusión 

Dios no solo te creó.

Dios quiso que fueras Su hijo.

Jesús vino a restaurar tu relación con el Padre.

Y el Espíritu Santo está contigo para guiarte.

No eres un accidente.

Eres parte del plan eterno de Dios.

El Edificio y la Casa Espiritual

1. Somos el edificio de Dios

La Biblia enseña que los creyentes no solo forman parte de una congregación, sino que son un edificio espiritual construido por Dios. Esta ilustración muestra crecimiento, orden y propósito.

El apóstol Pablo declara:

“Pues ambos somos trabajadores de Dios; y ustedes son el campo de cultivo de Dios, son el edificio de Dios.”

— 1 Corintios 3:9 (NTV)

Esto significa que Dios es el arquitecto, Cristo es el fundamento y los creyentes son las piedras vivas que componen la estructura espiritual. No es un edificio físico, sino uno espiritual donde Dios habita.


2. El fundamento del edificio: Jesucristo

Todo edificio necesita una base firme. Sin fundamento, la construcción se derrumba. De igual manera, la vida espiritual debe estar fundamentada en Jesucristo.

“Porque nadie puede poner un fundamento distinto del que ya tenemos, que es Jesucristo.”

— 1 Corintios 3:11 (NTV)

Jesús también enseñó esta verdad utilizando la ilustración de dos casas:

“Cualquiera que escucha mi enseñanza y la sigue es sabio, como la persona que construye su casa sobre una roca sólida. Aunque venga la lluvia a torrentes… no se derrumbará porque está construida sobre un lecho de roca.”

— Mateo 7:24-25 (NTV)

La roca representa a Cristo y su palabra. Cuando la vida se edifica sobre Él, permanece firme ante cualquier circunstancia.


3. Edificados piso a piso

La vida cristiana no es estática. Es un proceso continuo de crecimiento. Así como un edificio se construye nivel tras nivel, el creyente madura espiritualmente paso a paso.

“Que sus raíces crezcan profundamente en él, y que sus vidas se edifiquen sobre él. Entonces la fe de ustedes se fortalecerá en la verdad que se les enseñó.”

— Colosenses 2:7 (NTV)

Este crecimiento incluye:

  • Desarrollo del carácter
  • Mayor conocimiento de Dios
  • Madurez espiritual
  • Transformación interior

Además, la edificación no es individual solamente. También es colectiva.

“Así que anímense y edifíquense unos a otros, tal como ya lo hacen.”

— 1 Tesalonicenses 5:11 (NTV)

Cada creyente contribuye al crecimiento espiritual de otros.


4. Las medidas del edificio espiritual

La Biblia menciona dimensiones espirituales que reflejan la plenitud de Cristo. No se trata de medidas físicas, sino del carácter completo que Dios quiere formar en nosotros.

“Y que tengan el poder para entender, como corresponde a todo el pueblo de Dios, cuán ancho, cuán largo, cuán alto y cuán profundo es su amor.”

— Efesios 3:18 (NTV)

Estas dimensiones representan:

  • Anchura: el amor de Cristo que alcanza a todos
  • Longitud: su amor eterno
  • Profundidad: su obra redentora
  • Altura: su gloria y propósito celestial

Dios edifica al creyente para que refleje estas dimensiones en su vida, hasta alcanzar la madurez espiritual.


5. Logos y Rhema: la Palabra viva

El Nuevo Testamento utiliza dos términos griegos para referirse a la Palabra: Logos y Rhema. Ambos se traducen como “Palabra”, pero enfatizan aspectos diferentes.


Logos: la Palabra escrita y objetiva

El Logos es la Palabra de Dios revelada, eterna y viva en sí misma.

“En el principio la Palabra ya existía. La Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios.”

— Juan 1:1 (NTV)

La Biblia también declara:

“Pues han nacido de nuevo, pero no a una vida que pronto terminará. Su nueva vida durará para siempre porque proviene de la eterna y viva palabra de Dios.”

— 1 Pedro 1:23 (NTV)

El Logos es la base del conocimiento bíblico. Es la Escritura que se estudia y se aprende.


Rhema: la Palabra revelada y aplicada

El Rhema es cuando el Espíritu Santo toma el Logos y lo hace personal y vivo para una situación específica.

“Así es la palabra de Dios. Es más cortante que cualquier espada de dos filos…”

— Hebreos 4:12 (NTV)

Jesús también dijo:

“Ustedes ya han sido podados y purificados por el mensaje que les di.”

— Juan 15:3 (NTV)

La palabra aplicada transforma la vida. El Espíritu Santo ilumina el texto bíblico y lo convierte en dirección personal.

La fe también surge de esta palabra viva:

“Así que la fe viene por oír, es decir, por oír la Buena Noticia acerca de Cristo.”

— Romanos 10:17 (NTV)


6. La Palabra transforma el edificio espiritual

El crecimiento espiritual depende de la acción continua de la Palabra de Dios.

“Para hacerla santa y limpia al lavarla mediante la purificación de la palabra de Dios.”

— Efesios 5:26 (NTV)

La Palabra:

  • Limpia
  • Corrige
  • Edifica
  • Revela
  • Transforma

Por eso el creyente debe llenarse del Logos para recibir Rhema. Cuanto más se conoce la Escritura, más el Espíritu Santo puede iluminarla y aplicarla.


7. La correcta interpretación bíblica

La Biblia no debe interpretarse según opiniones personales, sino bajo la guía del Espíritu Santo.

“Pues ninguna profecía jamás surgió de la comprensión humana ni de la iniciativa humana. Al contrario, los profetas hablaron de parte de Dios impulsados por el Espíritu Santo.”

— 2 Pedro 1:21 (NTV)

Existen dos enfoques al interpretar la Escritura:

  • Literal: comprender el significado directo del texto
  • Espiritual: entender la enseñanza profunda que el Espíritu revela

Ambos deben complementarse sin sacar el texto de su contexto. La interpretación correcta requiere:

  • Considerar el contexto histórico
  • Analizar al autor
  • Entender la audiencia original
  • Comparar con toda la Escritura
  • Depender del Espíritu Santo

También Pablo instruyó:

“Predica la palabra de Dios. Mantente preparado, sea o no el tiempo oportuno.”

— 2 Timoteo 4:2 (NTV)

Esto implica manejar correctamente la Palabra.


8. La transformación a la imagen de Cristo

El propósito final del edificio espiritual es reflejar a Cristo. Dios no solo quiere creyentes, sino personas transformadas en su carácter.

“Así que todos nosotros, a quienes nos ha sido quitado el velo, podemos ver y reflejar la gloria del Señor. El Señor… nos transforma cada vez más a su gloriosa imagen.”

— 2 Corintios 3:18 (NTV)

El crecimiento espiritual es un proceso continuo hasta alcanzar madurez.


Conclusión

El creyente es un edificio espiritual construido por Dios. Jesucristo es el fundamento, la Palabra es el material de construcción y el Espíritu Santo es quien dirige la obra. El crecimiento ocurre piso a piso, mediante la edificación mutua y la revelación de la Palabra.

La meta final es reflejar la plenitud de Cristo en todas sus dimensiones.

“Por lo tanto, ustedes ya no son extraños ni extranjeros. Son ciudadanos junto con todo el pueblo santo de Dios; son miembros de la familia de Dios. Juntos constituimos su casa.”

— Efesios 2:19 (NTV)

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